¿De qué hablamos cuando hablamos de nuestra «niña interior«?

Por supuesto, no estamos hablando del niño o la niña que fuimos, aunque haya gran parte de él o ella…
La niña interior es ese espacio Sagrado interno donde nada puede herirnos, donde somos intocables, imperturbables, intachables… Es nuestro espacio de pureza, inocencia… Es el lugar donde nadie, absolutamente nadie más que nosotr@s mism@s podemos entrar.

Es el Principito que llevamos dentro, el ser que se sorprende viendo volar el pájaro, el que se enamora de la flor, el que se maravilla de la magia de todas las cosas, el que ama a toda la creación, a los animales, las plantas, la tierra, el agua… El que disfruta con cada sensación: con el viento, el agua del río, o las olas del mar; con el olor de la tierra mojada, de los árboles en otoño… El que ve por primera vez caer una hoja del árbol, el que ve por primera vez brotar las hojas de ése árbol… El que puede llorar porque un muñeco está roto y ve en él su alma herida… El que ama profundamente al pollito que ve nacer y crecer, el que SIEMPRE, SIEMPRE ve con sorpresa todo lo que sucede a su alrededor

Aunque nuestra infancia haya sido una época infeliz, esa niña que fuimos tenía ese lugar donde escapar; aunque papá y mamá no pudieron / supieron darnos lo que necesitábamos, esa niña sabía que ese lugar de fantasía, libertad, paz y maravillas infinitas estaba muy muy cerca… Sólo tenía que abrir la puerta cuando lo deseara…

Si hemos sido niñas heridas, cuando crecemos nos «enganchamos» a la imagen de esa niña triste, pero eso no es más que una imagen egoica, pues el auténtico ser que mora en esa criatura es la Niña Divina, la Intocable, la Incólume, la Inocente, la Compasiva, la Alegre, La Que Juega. Ahí es donde se retira nuestra alma cuando de niños nos sentimos heridos, y de adultos olvidamos ese lugar que sigue habitando en lo más profundo de nuestro corazón…

Con Amor y Compasión por tod@s l@s Niñ@s Divin@s,

Mercè Cando Soler

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